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Que Dios nos perdone

Para comprender el tipo de película que es Que Dios nos perdone conviene prestar atención a un plano concreto, aquel en el que se revela al espectador la identidad del asesino, antes incluso de que los policías lo hayan descubierto. El personaje mira directamente a cámara en primer plano, el tiempo se ralentiza y los rasgos de su cara se acentúan por las sombras. El encuadre y la severidad del plano hacen que no quepa ninguna duda de que ese personaje es malvado, el enemigo a capturar. Se trata de un plano acusador, que se sabe importante a pesar de no sostenerse en nada más que en sí mismo. Un plano que revela la necesidad de precipitar acontecimientos para llegar a una conclusión, aunque sea de maneras cuestionables.

Rodrigo Sorogoyen, quien sorprendiera hace 3 años con Stockholm, presenta ahora una película adscrita a esa nueva ola de cine español que, en su búsqueda de alcanzar el éxito en taquilla y con el respaldo de los grandes grupos televisivos, ha encontrado una fórmula mágica en adaptar géneros y temáticas propias de Hollywood, cosechando así elogios tan dudosos como el ya habitual “es tan buena que no parece española”. A pesar de la imitación de modelos ajenos, Que Dios nos perdone por suerte no intenta esconder sus orígenes, como bien indica su ambientación en pleno Madrid o el perfil del personaje interpretado por Roberto Álamo, que parece responder punto por punto al estereotipo de policía castizo.

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La película se asienta sobre sus dos protagonistas como pilares básicos, como demuestra el hecho de que durante los primeros treinta minutos se sucedan escenas de presentación de ambos, como si eso les otorgara mayor profundidad, aunque en realidad no se haga más que reincidir en sus señas personales: genio inadaptado uno, violento e impredecible el otro. Esta confusión de lo excesivo con lo importante hará también que Antonio de la Torre y Roberto Álamo cosechen numerosos halagos por sus interpretaciones.

Sorogoyen dirige la película con oficio y buen pulso, sabiendo siempre lo que quiere transmitir y las reglas del género al que se adscribe, aunque se permita ocasionalmente licencias de estilo, como el plano secuencia imposible que ya parece obligatorio en el cine reciente. Podría utilizarse incluso el socorrido sustantivo de artesano, que realmente sólo sirve para enmascarar un concepto mucho menos amable: el de película de encargo. Al menos esa es la sensación que transmite la dejadez de muchas decisiones de un guión resuelto a empujones, en el que las casualidades parecen ser el motor de la investigación en lugar de la pericia policial.. Incluso la ambientación de la película en la visita del Papa Benedicto XVI, que se vende como elemento clave, acaba por descubrirse como otra más de esas casualidades, con relevancia en una única secuencia (que se podría haber justificado de cualquier otra manera) pero ofrece la tan socorrida sensación de actualidad y anclaje a la realidad, que bastará para que se argumente que el film es un retrato de la España en que vivimos.

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Resulta evidente que desde Atresmedia se ha intentado reproducir el éxito que hace unos años alcanzara La isla mínima (Alberto Rodríguez) utilizando una fórmula similar, pero sólo han conseguido reincidir en sus errores. La evocación de referentes tan altos como el de David Fincher en este caso no consigue más que dejar en evidencia el resultado final, que parece andar sobre los mismos pasos que películas hechas hace 20 años, pero sin haber aprendido nada de sus hallazgos.

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64 Festival de San Sebastián: Jornada 3

Alcanzamos el tercer día del festival en una jornada con tres propuestas muy diferentes dentro la sección oficial, y un destello de genialidad gracias a la siempre agradecida mirada subversiva de Paul Verhoeven.

El cine español regresó a Donostia de la mano de Rodrigo Sorogoyen y su nuevo trabajo Que Dios nos perdone, enésimo thriller policíaco llamado a salvar el cine español, o al menos los números de la taquilla. Poco sentido tiene presentar en un festival de estas características un film que viene avalado por una major como Warner y el enorme mecanismo de Atresmedia, lo cual asegura un enorme impacto comercial. Menos sentido aún tiene cuando se trata de una obra tremendamente impersonal, que se limita a abrazar los clichés del género para recorrerlos uno a uno sin aportar nada nuevo, bajo un marco temporal que en nada afecta a la trama ni el subtexto. Todo en la película es tosco y soez, como si con eso se quisiera abrazar el arquetipo de ‘lo español’, decisión del todo incoherente al enmarcarse dentro de la nueva ola de cine nacional que entiende como éxito la imitación de lo foráneo. Volviendo al símil utilizado durante la primera jornada: 20 años han pasado desde el estreno de Seven (David Fincher) y aún parece que no hayamos aprendido nada.

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La más modesta de las ofertas de la sección oficial llega desde Suecia con Jätten (Johannes Nyholm) que realiza una celebración de lo diferente sin caer en excesos condescendientes. La historia de un chico con graves deformidades que sueña con jugar el campeonato internacional de petanca se sustenta sobre un guión esquemático, cuenta a su favor con un clímax que mezcla el humor costumbrista con destellos de absurdo que suben el nivel final de la propuesta sin llegar a hacerla especialmente memorable.

La sorpresa del día, y de la sección oficial hasta ahora, llegó con Bertrand Bonello y su Nocturama que dicen las malas lenguas no estuvo en la selección de Cannes por la previsible polémica que despertaría, al narrar un ataque terrorista en el corazón de París perpetrado por unos adolescentes. En San Sebastián tuvo lugar esa polémica, al cuestionar algunos la moralidad de la propuesta de Bonello. Pero poco sentido tiene hablar de moral en una película que se sustenta sobre la idea de dinamitar el sistema desde dentro, con la motivación de crear así algo nuevo. Algo similar hace la película al plantear una deconstrucción del género usando sus elementos característicos (hay explosiones en ralentí y que se repiten, pero sin rastro de espectacularidad). La película encierra numerosas ideas que invitan a la reflexión y en absoluto arbitrarias, como la maravillosa contradicción de querer destruir el sistema capitalista para posteriormente refugiarse en un centro comercial. Una película sobre la que seguro volveremos una y otra vez los próximos días, que es lo que esperamos de la sección oficial.

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El cierre lo puso Paul Verhoeven con Elle que llega tras cosechar no pocas alabanzas en Cannes. El director holandés vuelve a hacer gala de su manejo de las claves del thriller y su incansable actitud provocadora al plantear la delirante venganza de una mujer de clase alta tras ser violada en su propio hogar. Verhoeven despliega su habitual universo de mujeres maquiavélicas y hombres manejables a los que sólo les mueve el deseo sexual. Tras la apariencia de un thriller impecable se esconde un film que trabaja a muchos niveles y confirma que la única manera vigente de hablar de las trivialidades de las clases altas es desde cierto concepto del ridículo.

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