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Elle: esconderse a plena vista

Lo subversivo es más devastador cuando se disfraza de normalidad. Paul Verhoeven lo sabe perfectamente y por eso ha basado buena parte de su filmografía en ponerle los ropajes de distintos géneros a lo que en realidad son críticas al sistema establecido, aunque eso le haya supuesto en más de una ocasión que sus trabajos no hayan sido valorados con justicia, cuando no directamente malinterpretados. Verhoeven vuelve al cine 10 años después de El libro negro y ya lejos de la maquinaria de Hollywood con Elle, que con las hechuras de un thriller impecable lanza una carga de profundidad a las falsas apariencias de la burguesía y los deseos silenciados en la sociedad actual.

Elle comienza con su protagonista, Michèle, sufriendo un asalto sexual, que su gato observa de manera impasible. “No te pido que le arrancases los ojos, pero al menos le podrías haber arañado un poco” le dice posteriormente Michèle al felino. Probablemente en esa línea se dirigirá el primer impulso que sentirá el espectador ante la escena, con una mezcla de impotencia y odio hacia el violador y compasión ante la víctima, para encontrarse cada vez más cerca de la posición distanciada del gato a medida que vayamos descubriendo al personaje de Michèle, interpretado por una maravillosa Isabelle Huppert que parece la personificación del espíritu del film: elegante en la superficie pero llena de oscuros recovecos. Verhoeven despliega su universo particular de mujeres poderosas y manipuladoras que sólo pueden encontrar su igual en otra fémina, mientras los hombres se creen mucho más inteligentes de lo que realmente son y basta una patada en la entrepierna para anular su superioridad física.

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Donde en Starship Troopers estaba el ejército y en Showgirls el mundo del espectáculo, aquí tenemos a la industria del videojuego como el entorno laboral cerrado en el que se mueve la protagonista. Lejos de tratarse como la enésima crítica vacía a los excesos del videojuego y culparle de todos los males de nuestra sociedad, funciona como entorno ideal para representar a una sociedad hipócrita que silencia sus deseos para darles rienda suelta de manera virtual. Verhoeven no desaprovecha la oportunidad de mostrar a la religión como otra cara de la misma moneda, descubriendo como falsedad lo que parece ser simple mojigatería.

Se construye así una película sobre las falsas apariencias que precisamente corre el riesgo de que su sentido del humor no permita apreciar lo afilado de su discurso, o que algunos no sepan leer más allá de la provocación y decidan ir por la vía de ofenderse, tan de moda hoy en día. Tratándose de un director que ha sufrido directamente las consecuencias del puritanismo en su carrera, hay que agradecer que Verhoeven se mantenga fiel a su estilo y no se esconda bajo disfraces complacientes. A fin de cuentas sin riesgo no hay diversión.

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