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Basado en hechos reales

Es llamativa la creciente presencia en la actualidad de películas “basadas en hechos reales”, esas que hasta hace un tiempo eran carne de sobremesa en Antena 3 y pocos tomaban en serio. Ya no sólo es que su presencia en taquilla haya aumentado exponencialmente, sino que el letrero de marras ha llegado a convertirse en un auténtico reclamo para cierto tipo de público. No hay más que fijarse en algunos de los más recientes éxitos de taquilla como Lo Imposible, Intocable Argo, para darse cuenta del verdadero tirón de este tipo de propuestas.

Últimamente, entre los trailers que preceden a la proyección en el cine suele haber al menos una de este tipo de películas, y siempre empiezan con la susodicha frase en letras bien grandes, como si eso fuese suficiente para atraer el interés de los espectadores. Sin embargo ésta estrategia no se queda en los trailers. Toda película “basada en hechos reales” que se precie debe empezar con ese letrero y al final, justo antes de los créditos a ser posible, aparecerán las personas reales en cuya historia se basa la película. Incluso, como es el caso del último trabajo de Michael Bay, Pain & Gain, el director puede considerar necesario recalcar el mensaje a mitad del metraje, para evitar que el espectador pueda olvidarse y conseguir así provocar ciertas emociones que no es capaz de causar por otros medios.

Estas maniobras contrastan con otras películas que, usando también historias reales como base, no lo usan como su principal atractivo, como puede ser el caso de Zodiac El Séptimo Continente. En el caso de la ópera prima de Michael Haneke, la naturaleza de la historia queda apuntada levemente en un letrero al final de la película, en el que se especifica el destino de ciertos personajes haciendo referencia a fechas concretas. De esta manera el basarse en una historia real puede pasar desapercibido al espectador sin que la efectividad y calidad del filme se vea afectada. El problema es cuando la naturaleza de la historia se convierte en el pilar sobre el que se construye todo el trabajo posterior, confiando en que la capacidad de empatía del espectador cubra los espacios que no hace el trabajo del director. De esta manera queda en evidencia cuando un director confía realmente en el trabajo que tiene entre manos.

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Argo, entre dos tierras

Argo, la última película de Ben Affleck como director, apenas necesita presentación. Es sin duda una de las películas más importantes y laureadas del año 2012, y supone la consagración definitiva como director del que antaño fuese Daredevil o héroe en Armageddon o Pearl Harbour. Argo cuenta la historia de la misión realizada por la CIA en 1979 para rescatar a un grupo de diplomáticos en Irán, plan que pasa por simular el rodaje de una película de ciencia ficción.

 

Ben Affleck aprovecha esta premisa para, durante la primera mitad de la película, ofrecer un interesante reflejo de la parafernalia que conforma el cine y más concretamente Hollywood. Los productores interesados, los proyectos impuestos por los estudios, los directores mercenarios y demás fauna quedan perfectamente retratados, así como se pone en relieve que no hace falta más que una buena publicidad y hacer mucho ruido para que se considere interesante un proyecto. En el documental The Story of Film: an Odyssey, Mark Cousins define el cine como “una mentira para contar una verdad” y de hecho, en Argo se escenifica la gran mentira que es el cine llevada a su máximo exponente: una película que ni siquiera es una película, sino una tapadera. La idea del cine como arma.

 

La segunda parte de la película se centra en el rescate propiamente dicho, contando una parte de la historia que hasta ahora había estado clasificada. Muchos destacan de Argo su función de documento, de herramienta para descubrir una parte de la historia hasta ahora desconocida para la opinión pública. La propia película se encarga de dejar claro esta parte de su personalidad con los correspondientes letreros de “basado en una historia real” al final de la función o con ciertos pasajes rodados con un estilo que imita al documental.

 

 

Es por ello que no deja de ser irónico que para contar esa historia real, Argo se sirva de todas los artificios que pueblan el cine y que señala en su primera mitad. A medida que se desarrolla la trama Affleck utiliza recursos como la banda sonora para subrayar y engrandecer la tensión de lo mostrado en imágenes, intercalando personajes y situaciones que aportan poco más que un simple alivio humorístico a la trama central o añadidos de tensión que poco tienen que ver con una situación real. Los casos más llamativos están en los segmentos rodados con un estilo documental antes nombrados, que en su intención de dar un toque realista terminan por tener un aspecto impostado en comparación con el resto del metraje, o esas imágenes que acompañan los créditos finales, en las que se compara a los protagonistas reales de la historia con los actores que los interpretan en la película. ¿Qué propósito tienen estas fotografías salvo remarcarnos lo apegada que está la película a la historia sucedida en 1979?

 

Durante el último tramo de la película hay otro aspecto destacable. Al finalizar la misión, la CIA no puede reconocer públicamente su implicación en la misión, así que atribuyen todo el mérito a los agentes canadienses. Los protagonistas se lamentan de no disfrutar de la gloria pero se congratulan de haber hecho un buen trabajo y ser conscientes de ello. De esta manera la película busca reescribir la historia, devolver el equilibrio restaurando el honor de los verdaderos héroes. Una vez más, el cine utilizado como un arma.

 

Estos detalles no ensombrecen el interesante trabajo de Affleck y los diferentes aciertos que se encuentran en el metraje, pero sin embargo cabe plantearse, hasta que punto podemos tomarnos al pie de la letra el documento que nos presenta, cuando la propia película nos señala las mentiras que vertebran el cine.

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