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Arrival: replantear el lenguaje

Doce naves alienígenas se posan en diferentes puntos de la Tierra. Su origen e intenciones son desconocidas y los militares se despliegan de manera preventiva. Una profesora universitaria detiene su clase para ver la noticia por televisión. En ese momento el encuadre se mantiene con los alumnos que miran atónitos a la pantalla, en lugar de entregarnos el contraplano del aterrizaje de las naves extraterrestres. Esta decisión formal ilustra el tipo de película que es Arrival, más interesada en las implicaciones individuales y colectivas de la presencia extraterrestre que en crear un espectáculo apabullante de acción y efectos especiales. La premisa del contacto con civilizaciones alienígenas no es ni mucho menos novedoso, como tampoco lo es la disyuntiva de la manera más adecuada de responder a ello: la instintiva respuesta agresiva frente a la posibilidad del diálogo. Por tanto, cabe plantearse ¿en qué se diferencia la película de Villeneuve para cosechar tantos elogios?

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Arrival se basa en el relato corto La historia de tu vida, en el que Ted Chiang utiliza este punto de partida para reflexionar sobre el lenguaje y cómo este puede ser un reflejo de la manera de pensar de una sociedad. El autor realiza un interesante juego lingüistico con los verbos, plenamente justificado dentro del relato, pero que resulta imposible de trasladar a la adaptación cinematográfica. Sin embargo Villeneuve decide traducir este juego al lenguaje de las imágenes en una de las decisiones más interesantes de la película, al utilizar recursos cinematográficos cuyo significado ya está asimilado en el subconsciente del público, para luego reformularlos en un proceso paralelo a la transformación que experimenta el personaje de Amy Adams. Esta estrategia, junto con la ya probada cualidad plástica y narrativa de sus imágenes confirman a Villeneuve como un director que domina las herramientas cinematográficas.

Resulta prácticamente inevitable la comparación con Interstellar, película con la que coincide en género y algunas inquietudes temáticas. Por suerte aquí nos encontramos lejos de la grandilocuencia impostada habitual en el cine de Christopher Nolan, y los giros de guión se integran de manera más orgánica, funcionando más allá de la búsqueda de impacto y viéndose reforzados por la implicación emocional con el personaje protagonista. Por desgracia, ambas películas también tienen en común un elemento negativo que amenaza con echar por tierra el resto de logros conseguidos por Dennis Villeneuve. Ese elemento es la sobreexposición de algunos diálogos, especialmente grave en el tramo final de la película, decisión que probablemente sea fruto de la búsqueda de alcanzar a un público más amplio, pero contradice la confianza en la capacidad comunicativa de las imágenes de la que hace gala durante el resto del metraje.

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La casualidad o el destino han querido que la película se estrene precisamente en un momento en que la política internacional está dominada por las posturas más reaccionarias y discriminatorias de la historia reciente, por lo que resulta aún más vigente un mensaje que reivindica lo enriquedecedor que resulta la comunciación con aquellos que son diferentes a nosotros. Un elemento ajeno que aporta otra lectura a una película de por si ya interesante.

 

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Her: presencias y espacios

Her, la última película de Spike Jonze, ha recibido numerosas alabanzas por parte de la crítica en su carrera comercial junto a una buena cosecha de nominaciones y premios que se suceden durante esta época del año. La sinopsis estándar dirá que Her cuenta la historia de Theodore, un escritor que se enamora de un Sistema Operativo inteligente llamado Samantha, pero sin embargo el discurso de la película abarca muchos temas más allá de este planteamiento. Obviamente se habla del amor, la pareja y la evolución que se produce en este ámbito, pero también sobre el individuo y sus interacciones, tanto con otras personas como con el espacio que le rodea, sugiriendo la cuestión de dónde se encuentra el límite entre la persona y el conjunto: hasta qué punto podemos aislarnos del resto o incluso abandonar nuestra individualidad al relacionarnos con otros. Son precisamente estos aspectos y su relación con la puesta en escena de la película lo que me resulta más interesante y sobre lo que centraré el texto, que inevitablemente contiene aspectos de la trama de la película.

Durante la película Theodore interactúa con diferentes personajes y vale la pena prestar atención a cómo el tipo de plano y encuadre varía según su relación con ellos. El ejemplo más evidente quizás sea el del personaje de Amy, interpretado por Amy Adams, su vecina y amiga. En los primeros compases Amy vive con su novio Charles, por lo que se presenta principalmente a través de planos medios, con una cierta distancia debido a la necesidad de incluir a su pareja en el encuadre. Podría decirse que fuesen un sólo ente y deben presentarse siempre en compañía, impidiendo la intimidad entre Theodore y Amy. Hay un breve momento en el que ambos conversan a solas, aún con un plano medio, pues en cuanto van a comenzar a hablar de cuestiones más personales aparece Charles, desapareciendo esa sensación de cercanía y dando paso a otra conversación, como si la anterior nunca hubiese existido.

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Posteriormente Amy acaba su relación con Charles y desde ese momento se produce un progresivo acercamiento entre Theodore y ella mientras se afianza su amistad. Esto se refleja en la utilización de primeros planos en sus conversaciones, utilizando encuadres que los presentan como iguales, o incluyéndolos a ambos en un mismo plano pero respetando su individualidad, quedando uno fuera del enfoque. Esta cercanía se va cimentando hasta llegar al plano final donde se revierten algunas de éstas constantes. Ambos están juntos, permitiéndose incluso el contacto físico, pero se les presenta desde un plano alejado que nos permite ver la gran cantidad de espacio que hay a su alrededor. De esta manera parecen haber salido de una burbuja, donde la cercanía y la intimidad ya no limitan el espacio de cada uno.

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Esa imagen contrasta directamente con la cita a ciegas que tiene Theodore durante la película con una chica interpretada por Olivia Wilde. La cena se resuelve mediante un habitual intercambio de sencillos planos y contraplanos. Ambos se están conociendo y se muestran desinhibidos y naturales. Sin embargo tras la cena pasan a intimar más hasta besarse apasionadamente en la calle. La cercanía física entre ambos, algo que parecen desear, se refleja en la manera de rodar, utilizando primeros planos muy cercanos en los que la cámara parece estar a punto de interponerse entre ambos en busca de la cercanía al rostro. Esto hace que apenas quede espacio para otra cosa que no sean sus rostros, produciendo una sensación de agobio que da al espectador una pista de lo forzado e incómodo de la situación, advirtiendo que la situación no es tan idílica como puede parecer  y algo no marcha bien entre ambos, como demuestra la resolución de la escena.

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Pero sin ninguna duda  la relación más cercana y sincera es la que desarrolla Theodore con Samantha, a pesar de que ella no sea un ser humano. Ambos hablan continuamente contándose sus intimidades, miedos y deseos más profundos, sin que parezca haber secretos entre ellos.  Uno de los momentos cumbre de la película llega cuando ambos tienen su primera relación sexual, obviamente no de manera ortodoxa sino mediante una conversación. El tono de la conversación va aumentando hasta que la pantalla funde a negro y nos quedamos a solas con sus voces. No hay espacio en el que integrarse ni presencia física de ambos, y sin embargo parecen haberse fundido junto con la pantalla. Alcanzan así la intimidad definitiva, sin nada que pueda limitarlos pues todo queda al servicio de la imaginación. Un hermoso gesto para definir una gran historia de amor.

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