64 Festival de San Sebastián: jornada 2

Si hubiese que ponerle un título a la segunda jornada de este festival de San Sebastián a juzgar por lo que nos ha ofrecido su sección oficial, lo más adecuado sería parafrasear el ‘No fun’ de Iggy Pop. Afortunadamente aún podemos confiar en las secciones paralelas como salvavidas a nuestro interés.

La jornada comenzó con El hombre de las mil caras, el nuevo trabajo de Alberto Rodríguez tras la exitosa La isla mínima, en la que vuelve a dirigir la mirada hacia el pasado de nuestro país como ejercicio para esclarecer el presente. Rodríguez plantea de nuevo un ejercicio de género negro en el que evidencia beber de multitud de fuentes ajenas para no ofrecer nada propio, perpetuando el erróneo concepto de que el camino para dotar de entidad al cine español hay que imitar a cinematografías externas. Casi todas las fuerzas del film se depositan en el terreno estético, lo cuál iría en la línea del mundo de estafadores en el que se ambienta, de no ser por el miedo atroz que le tiene al engaño, poniendo todas las cartas sobre la mesa a través de en un exceso de exposición tanto verbal como visual. La película comienza prácticamente pidiendo perdón por ser una obra de ficción y en cuanto puede se refugia en las imágenes de archivo como si en la veracidad de estas se encontrara su fuerza, lo que revela un mayor interés en exponer una parte de la historia que en construir una obra con entidad propia.

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Las otras dos ofertas de la sección oficial comparten un discurso en torno a las relaciones paterno filiales, con formas muy diferentes aunque resultados igualmente fallidos. La francesa Orpheline (Arnaud des Pallières) despliega una serie de retratos femeninos (que no feministas) en torno a la figura de una huérfana, mediante un planísimo planteamiento visual a base de primeros planos que lejos de tener alguna función narrativa obedecen al erróneo concepto de que la cercanía a sus protagonistas puede ofrecer la intensidad que la película no puede alcanzar por otros medios. La pirueta que el director realiza con la cronología y el casting no da empaque al resultado final, rematado por el cobarde mensaje final de que no somos culpables de nuestros pecados sino herederos de los de nuestros padres. Con esa idea juguetea también la finesa The Oath (Baltasar Kormákur) que con las hechuras del thriller con ansias de dilema moral, por donde ya transitara con mayor éxito Prisoners de Dennis Villeneuve, resulta en una obra en absoluto novedosa, y que de no ser por la factura visual bien podría acabar en el cajón de los telefilmes.

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La primera incursión en el género documental de esta edición ha sido la de Jim Jarmusch con Gimme Danger, que recapitula la carrera de The Stooges sin esconder los momentos más turbios. La magnética figura de Iggy Pop (que aparece acreditado como un personaje interpretado por Jim Osterberg) transmite su energía al film que por suerte va más allá de su figura para hacer honor a todos los miembros de la banda. Jarmusch aporta su cinefilia en la selección de fragmentos de películas que ilustran alegoricamente los pasajes que cuentan los entrevistados, que añaden un humor negro en sintonía con la imagen de la banda. Por suerte el film no se limita a entonar la ya manida afirmación de que The Stooges inventaron el punk, sino que lo pone en imágenes a través de unos ejemplos incontestables.

La sorpresa de la jornada llegó en la sección Nuevos Directores con la griega Park (Sofia Exarchou) en la que un grupo de chicos pasan el tiempo en una villa olímpica en ruinas, símbolo de un país en descomposición. La piel y los cuerpos de los personajes funcionan como la más poderosa de las metáforas. El de unos habla de un pasado glorioso que ha dejado numerosas marcas para recordarlo, y donde antes conseguían hazañas deportivas, ahora esos cuerpos sólo consiguen arrancar aplausos mediante la exhibición con tintes sexuales. La redondez de los cuerpos de los turistas en cambio hablan de un estatus muy diferente, donde todo es opulencia y comodidad. Finalmente tras las apariencias tan diferentes se descubren unas actitudes primitivas y casi animales muy similares, con lo que se plantea la pregunta de si estamos ante la caída de un solo país, o se trata del preludio de algo mayor.

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