LPA Film Festival: Jornada 1

La 15ª edición del festival de cine de Las Palmas de Gran Canaria se inaugura con una primera jornada marcada por los contrastes, al menos en lo que concierne a su sección oficial. La primera sesión del día corrió a cargo de Guy Maddin y su película The Forbidden Room, un atrevido film en el que todos los tonos y géneros posibles se dan la mano a través de una estructura de historias dentro de historias, a la manera de Las mil y una noches. El film arranca con una secuencia en la que se explican los entresijos del proceso de darse un baño, como si estuviésemos ante un proto-tutorial de Youtube, para dar paso a la sucesión de historias de maneras que no siempre sirven a la lógica (la radiografía de una pelvis rota bien puede sugerir un viaje en tren). Un elaborado trabajo en el aspecto visual y en la puesta en escena, jugando con las texturas y herramientas del cine mudo (como son los intertítulos o las presentaciones escritas de personajes) y utilizándolos de manera inteligente en favor de la narración, rematan una película de carácter ingobernable. Puede resultar tentador limitarse a describirla como una película surrealista, pero eso sería simplificar en exceso los intereses y logros del trabajo de Maddin. De forma análoga al submarino que inaugura el relato, incapaz de ascender a la superficie pues causaría la muerte de sus tripulantes, los sucesivos relatos nos sumergen de forma irremediable en las profundidades de la narración, sorprendiendo al espectador en muchas ocasiones al retomar sus pasos hacia las capas superiores, redescubriendo relatos que no recordábamos haber dejado inconclusos. En esa línea se alcanza el tramo final en el que aparece “El libro de los clímax” y se suceden una cascada de escenas sin correlación, un flujo de clímax de historias que nunca hemos llegado a conocer que finaliza con una bomba cayendo sobre un cerebro gigante. Una locura de emociones para sustituir la estructura narrativa clásica. El maestro de ceremonias nos recuerda entonces que lo importante de un baño no es cómo lo realicemos sino haberlo disfrutado. El chiste final de una película que planta cara a cualquier convención y se construye a sí misma a cada paso que da.

THE FORBIDDEN ROOM

Ese enfrentamiento contra lo convencional y la búsqueda de los recovecos del cine ha sido precisamente el espíritu de este festival, acercando a las pantallas ese cine que se mueve por los márgenes formales y comerciales. Es por ello que resulta llamativa la siguiente representante de la sección oficial: Citizenfour. Este documental de Laura Poitras cubre las conversaciones que tuvo con Edward Snowden antes y durante el conocido caso de filtración de información de la CIA y NSA que hizo temblar la confianza de medio mundo en sus gobiernos. El film cuenta con la mejor de las cartas de presentación, un recién ganado Oscar a mejor largometraje documental que justificaba el reboso en la sesión para prensa y jurado. Un poderoso contraste con la imagen que ofrecía la sala en la película anterior, que no hacía más que resaltar las diferencias entre ambas propuestas. Citizenfour juega de manera inteligente con los tonos de manera paralela a las implicaciones de la historia. El thriller político, el secretismo informático, la paranoia y el periodismo se dan la mano en la historia de Snowden, y consigue ampliar la historia que conocemos por los medios. Sin embargo, al igual que uno de los periodistas en la película expresa la importancia de la historia contada a pesar de ser imposible de entender su funcionamiento a nivel técnico, la película parece presa de una fascinación del simple hecho de ser testigo de un momento concreto y exclusivo. Mientras las noticias se hacen eco de la identidad del soplón, vemos a Snowden intentando cambiar su aspecto para pasar desapercibido, y la expresión de su rostro nos revela a un personaje a medio camino entre el altruista y el héroe ávido de reconocimiento. Quizás el mayor logro de una película sin mayores apuestas formales y que desde su origen en el secretismo y la lucha contra el sistema acaba siendo entregada al gran público gracias a su reconocimiento por parte de la academia americana.

citizen

En lo referente a las secciones paralelas comenzamos con Pasolini, la reconstrucción de Abel Ferrara de los últimos días del ilustre director italiano. Sería difícil catalogar al film como un homenaje, pues la mayor parte del metraje está gobernado por un tono crepuscular, ofreciendo la imagen de un artista que parece ser consciente de su inminente final. Ferrara aborda la personalidad de Pasolini mediante retazos que nos asoman a sus diferentes facetas, desde la vertiente política con sus críticas abiertas al sistema al apasionado defensor del arte como expresión individual. El acercamiento al siempre espinoso tema de su asesinato resulta también insuficiente, representado casi como si de una casualidad se tratase. Ferrara tampoco busca el homenaje visual explícito, e intentar rastrear el estilo de Pasolini dentro del film resulta poco revelador más allá de la pulsión por los rostros y cuerpos de los actores. El gran regalo se esconde en un fragmento en el que se reconstruye la película que Pasolini soñaba con hacer, contando con la presencia de su amigo Ninetto Davoli. Un hermoso atisbo a lo que el director podría haber conseguido y que insufla algo de vida a su memoria.

Pasolini

Los últimos coletazos de la jornada recayeron sobre los hombros de Isaki Lacuesta y Murieron por encima de sus posibilidades dentro de la sección Panorama España. El último trabajo del director catalán aborda la crisis de nuestro país desde la comedia de corte grueso, en la que el costumbrismo y los toques de drama son llevados al exceso sin remedio. Lo que podría haber sido una visión ácida de la realidad social y política acaba convertida en una caricatura sin remedio. Lacuesta no deja espacio a las sutilezas y todo está pasado por el filtro del exceso, de manera que todas las referencias posibles sobre la crisis están expuestas sin decoro alguno. Este planteamiento es llevado hasta sus últimas consecuencias, con secuencias de gore realmente desagradables, que probablemente sean el único impedimento para que el film conecte con el público mayoritario. Es posible que ante su estreno se repitan las comparaciones con Relatos Salvajes, pero la película argentina a su lado es un dechado de sutileza. Para el recuerdo queda un inmenso monólogo de Albert Pla, aunque lamentablemente ese mérito tampoco puede achacarse por completo a la película.

Murieron

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