Puro vicio

Hablar a estas alturas del valor del cine de Paul Thomas Anderson como diagnóstico de los males estadounidenses sería aportar poco a un debate antiguo. En sus dos películas anteriores (The Master y Pozos de ambición) afrontó sendos periodos de la historia de su país, señalando la presencia de cierta putrefacción en sus bases más elementales. Pero ya desde sus primeros trabajos (de Sidney a Magnolia) a través de las profundas insatisfacciones de sus personajes, derivadas de unas ambiciones desmedidas, se apuntaba una crítica al denominado ‘American Dream’ y las bases que lo promueven (aunque no nos engañemos, ese sueño y el modo de vida que representa hace tiempo que dejó de pertenecer únicamente a Estados Unidos). En su último film el director vuelve a fijar la mirada en un periodo turbulento de la historia de su país, unos años 70 en los que la evasión que proporcionan las drogas va de la mano de la sombra del terror encarnado por Charles Manson y sus acólitos. La presencia del mal como constante de la historia norteamericana. Pero como decimos, este no es el aspecto que nos interesa del film, pues el último trabajo de Paul Thomas Anderson posee muchas otras cualidades a las que conviene prestar atención.

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Puro vicio se presenta como un relato policíaco al uso, pero sus formas pronto demuestran que esa impresión es errónea. Las investigaciones de Doc Sportello lo llevan a descubrir una corriente interminable de pistas que profundizan cada vez más en una conspiración de dimensiones inabarcables. Esas pistas suelen llegar de la mano de personajes que van apareciendo como por arte de magia, como si la película se estuviese burlando de esos relatos policíacos en los que los detectives parecen seguir un rastro previamente dispuesto en lugar de resolver el caso gracias a sus propias habilidades. Cada nuevo personaje le propone a Sportello una misión más complicada que la anterior y al cabo de los minutos somos conscientes de que poco tiene que ver ya la situación en la que se encuentra el personaje con el punto de partida. Todo parece estar dispuesto para el progreso del caso y sin embargo no hace sino complicarlo, lo que ayuda a reforzar la sensación de paranoia en la que el uso de ciertas drogas ha sumido al protagonista.

Cierto sector del público suele adscribirse al dogma de que una buena película es aquella que transmite sentimientos. En ese sentido la capacidad de Anderson para contagiar el estado de paranoia debería ser suficiente motivo de celebración. Sin embargo aquellos espectadores que se acerquen a Puro vicio desde una perspectiva puramente argumental probablemente se encuentren desamparados. El continuo desfile de personajes, a cada cual más extraño y magnético, está acompañado por las conversaciones que éstos mantienen con Sportello, en diálogos densos y elaborados que aportan más información de la que podríamos digerir. De hecho no es la intención de Anderson que la asimilemos, y pronto descubrimos que esa información no es necesaria para seguir el transcurso de la trama. Es entonces cuando nos entregamos a la corriente de esas palabras que nos arrastran al mundo de la película: un mundo en el que todo está conectado y a la vez aislado y donde las grandes conspiraciones secretas parecen haber estado siempre a plena vista.

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Anderson acostumbra a jugar con los géneros, a mezclarlos y retorcerlos hasta que resultan en algo irreconocible y novedoso. En Puro vicio ese juego se extiende también al tono, dejando que el drama y el humor absurdo se intercalen sin miedo. Un intenso tiroteo finaliza con Sportello preguntando a su oponente ‘¿Te he dado?’, para continuar la escena con una dirección asfixiante propia de una película de terror. Ese continuo vaivén coloca al espectador siempre en terreno movedizo, sin permitirle tener un lugar seguro al que sujetarse, situándolo en el mismo estado de estupefacción que el protagonista. Por ello no es sorprendente que nos descubramos compartiendo su duda y torciendo el gesto de manera similar ante la aparición de un personaje, pudiendo pasar algunos minutos hasta que nos atrevamos a decidir si su presencia es real o no. Es en ese proceso en el que poco a poco vamos descubriendo las diferentes capas del filme, y lo que podía parecer un relato policíaco o una alocada comedia absurda inundada de drogas, acaba descubriendo una historia de amor en su núcleo.

Resulta estimulante descubrir que, a pesar de la ausencia de Puro vicio en la temporada de premios, las cualidades del cine de Paul Thomas Anderson continúan refinándose. Un cine capaz de crear imágenes como la que cierra estas líneas sin necesidad de regocijarse en ellas. Un cine que en su búsqueda de nuevos horizontes no duda en llevar al espectador lejos de su zona de comfort, para que decida por sí mismo afrontar lo extraño como una amenaza o como un estímulo. Al fin y al cabo, a pesar de lo que nos quieran hacer creer, la historia del cine no la escriben los premios, sino esas películas que se atreven a caminar hacia lo inexplorado.

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