Archivos Mensuales: enero 2015

La naturaleza de Miyazaki

La obra de Hayao Miyazaki es sin duda imponente. Su filmografía abarca más de 30 años en los que ha contribuido a definir el cine de animación tal y como lo conocemos. En sus temáticas se pueden señalar ciertas constantes, pero siempre en continua evolución, como si las inquietudes del director fuesen puestas a prueba a través de diferentes abordajes. Su carta de despedida del cine, El viento se levanta, es la prueba definitiva de esta tendencia. Bajo una mirada vaga se podría describir la historia de Jiro Horikoshi como un biopic al uso, alejado de la desbordante fantasía que puebla las películas de Hayao Miyazaki y cuya única conexión con el resto de su obra se situaría en la habitual fascinación del director por la aviación. Esta lectura sería errónea desde el momento en que la película aparece plagada de vías de escape a través de la fantasía o de ensoñaciones que hacen imposible que esta historia sea considerada un biopic cualquiera, pues la animación es la única vía por la que podría canalizarse. Pero es en otra de las constantes del cine de Miyazaki y su tratamiento en El viento se levanta en lo que me gustaría detenerme: la naturaleza.

En la obra del director japonés estamos acostumbrados a que la naturaleza sea encarnada por personajes con un cierto aspecto mágico: ya sea el ser bonachón de Totoro, los temibles lobos de La princesa Mononoke o los dioses de aspecto cambiante de El viaje de Chihiro. Estas representaciones suelen tener un carácter esquivo, y aunque a menudo presenten un aspecto imponente o incluso desagradable en un primer vistazo (sirvan también como ejemplo los insectos de Nausicaä) siempre acaban revelando su buen corazón y carácter amable. De esta forma Miyazaki representa su profundo respeto hacia la naturaleza, una naturaleza viva que bien puede vivir en sintonía con el ser humano o volverse en su contra cuando se ve amenazada.

En El viento se levanta no hay seres totémicos que representen a la naturaleza, pero su carácter amenazador e inabarcable sigue presente con la misma fuerza. Basta con prestar atención a la forma en la que se ilustra el terremoto que se produce en los primeros compases del film.

Una grieta se abre paso en la oscuridad acompañada de un susurro.

grieta

 

La tierra se eleva progresivamente, arrastrando todo lo que la cubre, como si de un animal sacudiéndose un insecto se tratara.

Vías

 

Los temblores e incendios se suceden acompañados de un incansable murmullo ininteligible.

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Casi podría decirse que cientos de seres invisibles, como esos que poblaban el bosque de La princesa Mononoke, hubiesen despertado junto al temblor. La tierra está viva y ésta es su demostración de fuerza.

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Pero también hay lugar para la cara amable de la naturaleza, aquella que se muestra cuando los humanos están en sintonía con ella. “El viento se levanta, debemos tratar de vivir” reza el verso de Paul Valèry que se repite a lo largo del metraje, y sin duda el viento tiene una importancia capital en el desarrollo de la película. Por un lado nos encontramos con la evidente influencia en la pasión y posterior oficio de Jiro: la aviación. Sin ese viento que se levante sus creaciones no podrían encontrar su verdadero lugar en el cielo, siendo esa fuerza invisible la encargada de elevar los sueños de Jiro.

Sin embargo ese mismo viento es el encargado de transportar algo aún más inasible: el amor. Su primera aparición es durante el viaje en tren, donde una ráfaga arranca el sombrero de la cabeza de Jiro, para que Naoko lo atrape en pleno vuelo.

Sombrero

 

El viento se ha encargado de conectar las vidas de dos personas que de otra manera no hubiesen sido más que dos desconocidos viajando en el mismo tren. Sin embargo esta intervención no es suficiente para unir sus vidas de forma permanente. Ni siquiera la naturaleza tiene tanto poder. Los años pasan, Jiro viaja a otra ciudad para continuar sus estudios y Naoko no es capaz de localizarlo. Hasta que un día él pasea por el mismo paisaje que ella está pintando. La distancia y el tiempo pasado hacen imposible que se puedan reconocer, pero el viento está decidido a no permitir que ambos se pasen inadvertidos, así que repite de forma inversa la jugada que tan bien le funcionó en el tren, esta vez con el parasol de Naoko.

Sombrilla

Tras este encuentro los caminos de Jiro y Naoko permanecerán unidos. La naturaleza ha estado presente sin hacerse evidente, pero casi podemos ver a Totoro exhibiendo su gigantesca sonrisa, satisfecho por un trabajo bien hecho.

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