La isla mínima

La isla mínima plantea un relato policíaco en el que subyace la idea de un mal silenciado, un pecado que muchos conocen pero prefieren callar. Precisamente lo mismo le sucede a la película, pues tras la superficie de thriller de factura impecable se esconden una serie de carencias que hieren de gravedad el resultado final. La primera de ellas se localiza en un guión gobernado por la urgencia, en el que todo va orientado hacia la resolución del caso policial. Es fácil detectar una estructura predeterminada en la que cada avance de la trama debe producirse mediante el descubrimiento de una nueva pista. Esto no resultaría tan grave de no ser porque prácticamente sucede en cada escena, como si éstas estuvieran planteadas a partir de la pista a encontrar y desde ahí se armase una historia para enlazarlas, de la misma manera en que el director Alberto Rodríguez afirma que construyó una película que encajara en el paisaje de las marismas.

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La película posee un ritmo apresurado pero no en el sentido del frenetismo propio del cine de acción, sino causado por esa misma estructura a base de hallazgos en perpetua consecución y reforzado por un montaje poco cuidadoso. Los cortes bruscos que llegan en cuanto se produce el buscado descubrimiento transmiten una sensación de urgencia poco favorecedora, como si cada escena tuviese una corta fecha de caducidad. Sirva como ejemplo un momento en el que los protagonistas están sentados en la barra del bar en silencio. El plano se va acercando hacia ellos hasta que uno le da las gracias al otro por lo sucedido en la escena anterior, y sin apenas pasar unos segundos se corta a la siguiente secuencia. No hay tiempo para nada que no ayude a resolver el caso, lo que tampoco ayuda a crear una ambientación ni implicación por parte del espectador con los personajes.

Este mismo ejemplo es indicativo de otra de las debilidades de la película: una excesiva dependencia de lo literal. Ese mismo agradecimiento podría haberse expresado sin palabras, pero la película vive presa del miedo a la ambigüedad y a que el espectador pueda no ser capaz de seguir el hilo narrativo, cayendo en muchas ocasiones en un subrayado excesivo. Y aquí se encuentra probablemente la mayor traición de la película a sí misma, pues el enorme cuidado con el que se trata el apartado visual no va acompañado de una apuesta por la capacidad narrativa de la imagen. Precisamente los mejores momentos llegan cuando las palabras descansan para dar el relevo a la imagen, como son los hermosos planos cenitales, las secuencias a medio camino entre lo onírico y profético, o las imponentes persecuciones. Éstos son los únicos momentos que rompen con la tónica descrita y nos hacen pensar en lo que La isla mínima podría haber sido de haberse afrontado con otra sensibilidad.

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La confrontación definitiva se produce en el tramo final donde la película se puede permitir una resolución un tanto atípica, en cuanto a que prescinde de la clásica explicación final, debido precisamente al abuso expositivo del resto del metraje. Todo ha sido explicado, todas las pistas encajan de manera infalible, así que el espectador no puede albergar ninguna duda. Quizás no se detenga a todos los culpables, pero el espectador sabe quiénes son y eso calma su inquietud. Entonces es cuando la película lanza una de sus reflexiones más interesantes, apuntando hacia la necesidad/inevitabilidad del mal y ofreciendo una lectura sobre la realidad social y política de nuestro país a partir del conflicto entre los personajes principales. El problema es que el planteamiento se queda cojo ya que no se ha fraguado este planteamiento a lo largo de un metraje muy preocupado por el caso policial. De esta manera lo que en apariencia es un robusto thriller con la mirada puesta en grandes referentes, acaba haciendo aguas por una estructura básica a la que se le ven demasiado las costuras, arrastrando con ello todas las buenas ideas que contiene.

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3 pensamientos en “La isla mínima

  1. […] que van apareciendo como por arte de magia, como si la película se estuviese burlando de esos relatos policíacos en los que los detectives parecen seguir un rastro previamente dispuesto en lugar de resolver el […]

  2. […] comenzó con El hombre de las mil caras, el nuevo trabajo de Alberto Rodríguez tras la exitosa La isla mínima, en la que vuelve a dirigir la mirada hacia el pasado de nuestro país como ejercicio para […]

  3. […] evidente que desde Atresmedia se ha intentado reproducir el éxito que hace unos años alcanzara La isla mínima (Alberto Rodríguez) utilizando una fórmula similar, pero sólo han conseguido reincidir en sus […]

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