Archivos Mensuales: octubre 2014

La isla mínima

La isla mínima plantea un relato policíaco en el que subyace la idea de un mal silenciado, un pecado que muchos conocen pero prefieren callar. Precisamente lo mismo le sucede a la película, pues tras la superficie de thriller de factura impecable se esconden una serie de carencias que hieren de gravedad el resultado final. La primera de ellas se localiza en un guión gobernado por la urgencia, en el que todo va orientado hacia la resolución del caso policial. Es fácil detectar una estructura predeterminada en la que cada avance de la trama debe producirse mediante el descubrimiento de una nueva pista. Esto no resultaría tan grave de no ser porque prácticamente sucede en cada escena, como si éstas estuvieran planteadas a partir de la pista a encontrar y desde ahí se armase una historia para enlazarlas, de la misma manera en que el director Alberto Rodríguez afirma que construyó una película que encajara en el paisaje de las marismas.

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La película posee un ritmo apresurado pero no en el sentido del frenetismo propio del cine de acción, sino causado por esa misma estructura a base de hallazgos en perpetua consecución y reforzado por un montaje poco cuidadoso. Los cortes bruscos que llegan en cuanto se produce el buscado descubrimiento transmiten una sensación de urgencia poco favorecedora, como si cada escena tuviese una corta fecha de caducidad. Sirva como ejemplo un momento en el que los protagonistas están sentados en la barra del bar en silencio. El plano se va acercando hacia ellos hasta que uno le da las gracias al otro por lo sucedido en la escena anterior, y sin apenas pasar unos segundos se corta a la siguiente secuencia. No hay tiempo para nada que no ayude a resolver el caso, lo que tampoco ayuda a crear una ambientación ni implicación por parte del espectador con los personajes.

Este mismo ejemplo es indicativo de otra de las debilidades de la película: una excesiva dependencia de lo literal. Ese mismo agradecimiento podría haberse expresado sin palabras, pero la película vive presa del miedo a la ambigüedad y a que el espectador pueda no ser capaz de seguir el hilo narrativo, cayendo en muchas ocasiones en un subrayado excesivo. Y aquí se encuentra probablemente la mayor traición de la película a sí misma, pues el enorme cuidado con el que se trata el apartado visual no va acompañado de una apuesta por la capacidad narrativa de la imagen. Precisamente los mejores momentos llegan cuando las palabras descansan para dar el relevo a la imagen, como son los hermosos planos cenitales, las secuencias a medio camino entre lo onírico y profético, o las imponentes persecuciones. Éstos son los únicos momentos que rompen con la tónica descrita y nos hacen pensar en lo que La isla mínima podría haber sido de haberse afrontado con otra sensibilidad.

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La confrontación definitiva se produce en el tramo final donde la película se puede permitir una resolución un tanto atípica, en cuanto a que prescinde de la clásica explicación final, debido precisamente al abuso expositivo del resto del metraje. Todo ha sido explicado, todas las pistas encajan de manera infalible, así que el espectador no puede albergar ninguna duda. Quizás no se detenga a todos los culpables, pero el espectador sabe quiénes son y eso calma su inquietud. Entonces es cuando la película lanza una de sus reflexiones más interesantes, apuntando hacia la necesidad/inevitabilidad del mal y ofreciendo una lectura sobre la realidad social y política de nuestro país a partir del conflicto entre los personajes principales. El problema es que el planteamiento se queda cojo ya que no se ha fraguado este planteamiento a lo largo de un metraje muy preocupado por el caso policial. De esta manera lo que en apariencia es un robusto thriller con la mirada puesta en grandes referentes, acaba haciendo aguas por una estructura básica a la que se le ven demasiado las costuras, arrastrando con ello todas las buenas ideas que contiene.

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Así nos va (Vol. 11)

Cuando ya confiaba en haber desterrado esta sección para siempre, vuelvo a toparme con una de esas perlas de los grandes cinéfilos de las redes que una vez más son sintomáticas de la relación que se mantiene actualmente con el cine y cómo esto influye en la oferta que recibimos. El elemento en cuestión es el siguiente tweet.

Así nos va tortugas

Sinceramente, tuve que leerlo un par de veces para asegurarme de que no era irónico, pues por más que me esfuerzo no encuentro ninguna característica positiva entre las enumeradas. No dejo de sorprenderme, a pesar de lo vivido este verano con Los guardianes de la galaxia, de que tantas personas sigan viviendo el cine con una mirada tan marcadamente nostálgica. Evidentemente todos guardamos un bonito recuerdo de las películas que veíamos de niños, pero el engrandecer películas actuales porque nos recuerden a aquellas resulta un tanto peligroso. Si elogiamos las características que encontrábamos en las películas durante nuestra infancia, ¿no significa eso que no hemos sido capaces de crecer? Es como si se pretendiera congelar el cine en un periodo determinado, cuando precisamente la labor crítica debería impulsar el progreso del arte cinematográfico, agradeciendo las películas que supongan una evolución del medio de expresión.

Pero mi sorpresa continúa al seguir el hilo del tweet, cuando otro usuario le pregunta la nota que le da a la película, el primero responde que un 6, para alegría del segundo pues es “lo que esperaba encontrarse”. De aquí podemos deducir dos cosas que me producen una profunda tristeza. La primera es que parece ser inútil dedicar ninguna clase de esfuerzo a escribir sobre cine, pues al final lo que le interesa al público son las valoraciones numéricas, que parece ser tienen un valor universal. La segunda es la confirmación de que las expectativas mandan sobre la percepción que se tiene de las películas hoy en día. Definitivamente estamos ante la fiesta de la subjetividad.

Todo esto no me resultaría nada preocupante de no ser por la época en la que nos encontramos, una en la que las barreras entre crítica y público parecen haberse difuminado. No es raro encontrarnos con campañas publicitarias basadas en comentarios o tweets de espectadores anónimos que nada tienen que ver con el ejercicio de la crítica. Mediante éste hábil movimiento de las distribuidoras no se busca otra cosa que anular las voces de la crítica. Si las recomendaciones llegan desde espectadores para espectadores se fomentará (aún más si cabe) el crecimiento del cine puramente comercial y en última instancia se conseguirá ese objetivo de congelar la evolución del cine en aquello que agrade al gran público. Puede que esté siendo excesivamente pesimista, pero lo que encuentro en mi entorno no me anima a pensar de otra manera.

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