Boyhood: el Black Album de Richard Linklater

Al hablar sobre el último trabajo de Richard Linklater es inevitable referirse a su particular formato: la vida de un niño desde los 6 hasta los 18 años, rodada durante 12 años con los mismos actores, en pequeñas sesiones de rodaje cada año. Su concepto y la titánica tarea de llevarlo a cabo, añadiendo la dificultad de mantenerlo prácticamente en secreto en los tiempos que corren, invita a caer en el error de admirarla de antemano. Sin embargo, lo realmente interesante de Boyhood es intentar abordarla dejando a un lado ese hecho para localizar los aciertos puramente cinematográficos de su director y quizás ponerlos en relación con el resto de su obra.

No hay duda de que Boyhood es hija de su padre. Durante sus 164 minutos de metraje se pueden reconocer varias inquietudes temáticas que se repiten en su filmografía, por otra parte una de las más heterogéneas del cine americano actual. El interés por el paso del tiempo y la posibilidad de capturarlo de forma veraz en el cine está implícito en su artefacto formal, de forma similar a la que lo hace en la trilogía Antes de… que ha seguido el romance de Jesse y Celine durante 18 años de manera intermitente. También sigue intacta la querencia por los diálogos aparentemente banales, pero que siempre esconden alguna reflexión brillante o ideas que bien podrían dar lugar a otra película, utilizados de manera hábil para perfilar a sus personajes. Linklater se reafirma también en planteamientos presentados en Slacker o Waking Life, apostando por personajes aparentemente inmóviles como motor de la narración y huyendo del cine narrativo al uso que impone Hollywood, abrazando el concepto Baziniano del “momento sagrado” y su fascinación por el hecho de capturar el momento y su verdad. En Waking Life un personaje soñaba con un relato formado a partir de gestos, momentos e instantes que en su conjunto conformaran la mayor historia jamás contada. No resulta aventurado plantearse si Boyhood no es, de hecho, esa película soñada.

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Esos pequeños momentos sagrados son precisamente el material que vertebra Boyhood, pues el director huye de la representación arquetípica de las películas que ilustran el paso a la madurez. En lugar de fijar su mirada en los grandes eventos que marcan esas edades, parece posarse en momentos elegidos al azar, pero no por ello menos relevantes. De hecho, hacia el final de la película, la madre del protagonista rememora algunos hechos que han tenido lugar durante esos años, y sin embargo ninguno de ellos aparece reflejado en el metraje, lo que nos lleva a soñar en otra película diferente, pero igual en su esencia. Resulta admirable a su vez la capacidad de Linklater para articular tonos completamente opuestos sin aparente dificultad ofreciendo un resultado completamente armónico. Una conversación entre padre e hijo sobre las dificultades que puede deparar el futuro da paso, sin solución de continuidad, a un agradable baño en el lago lleno de risas y complicidad.

De igual manera que sus aciertos, hay que destacar las tentaciones que el realizador de Texas evita. Linklater nunca intenta construir un relato generacional o encapsular una época concreta para convertir la película en elemento de culto para los miembros de cierta generación. Las referencias culturales están presentes, por supuesto, pero siempre de manera incidental, como un elemento inevitable que forma parte del entorno y sin reclamar un papel protagonista. De forma análoga se afronta el montaje del material filmado, apostando por un tratamiento sencillo que lejos de acentuar los cambios físicos de los protagonistas como elemento de ensamblaje hace de la elipsis su herramienta básica, evitando hacer hincapié en el tiempo transcurrido. De esta manera evoca de manera más acertada el funcionamiento de la memoria al echar la vista atrás hacia los momentos vividos y nos regala algunos de los instantes más bellos de la película.

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En un momento de la película, Mason recibe de manos de su padre (interpretado por Ethan Hawke) un mixtape que ha bautizado como el Black Album de los Beatles, dónde recoge algunas de las canciones compuestas por sus integrantes tras la disolución del grupo. Mason padre lo describe apasionadamente como una cuidada selección de canciones que quizá de manera aislada no tengan gran valor, pero que en su consecución adquieren un significado diferente, reconstruyendo una década perdida. Quizás sea ésta la mejor definición de lo que supone Boyhood, consiguiendo que su estructura extraiga nuevos significados de instantes aparentemente irrelevantes, y añadiendo una nueva dimensión al cine de Richard Linklater.

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