Archivos Mensuales: septiembre 2014

Boyhood: el Black Album de Richard Linklater

Al hablar sobre el último trabajo de Richard Linklater es inevitable referirse a su particular formato: la vida de un niño desde los 6 hasta los 18 años, rodada durante 12 años con los mismos actores, en pequeñas sesiones de rodaje cada año. Su concepto y la titánica tarea de llevarlo a cabo, añadiendo la dificultad de mantenerlo prácticamente en secreto en los tiempos que corren, invita a caer en el error de admirarla de antemano. Sin embargo, lo realmente interesante de Boyhood es intentar abordarla dejando a un lado ese hecho para localizar los aciertos puramente cinematográficos de su director y quizás ponerlos en relación con el resto de su obra.

No hay duda de que Boyhood es hija de su padre. Durante sus 164 minutos de metraje se pueden reconocer varias inquietudes temáticas que se repiten en su filmografía, por otra parte una de las más heterogéneas del cine americano actual. El interés por el paso del tiempo y la posibilidad de capturarlo de forma veraz en el cine está implícito en su artefacto formal, de forma similar a la que lo hace en la trilogía Antes de… que ha seguido el romance de Jesse y Celine durante 18 años de manera intermitente. También sigue intacta la querencia por los diálogos aparentemente banales, pero que siempre esconden alguna reflexión brillante o ideas que bien podrían dar lugar a otra película, utilizados de manera hábil para perfilar a sus personajes. Linklater se reafirma también en planteamientos presentados en Slacker o Waking Life, apostando por personajes aparentemente inmóviles como motor de la narración y huyendo del cine narrativo al uso que impone Hollywood, abrazando el concepto Baziniano del “momento sagrado” y su fascinación por el hecho de capturar el momento y su verdad. En Waking Life un personaje soñaba con un relato formado a partir de gestos, momentos e instantes que en su conjunto conformaran la mayor historia jamás contada. No resulta aventurado plantearse si Boyhood no es, de hecho, esa película soñada.

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Esos pequeños momentos sagrados son precisamente el material que vertebra Boyhood, pues el director huye de la representación arquetípica de las películas que ilustran el paso a la madurez. En lugar de fijar su mirada en los grandes eventos que marcan esas edades, parece posarse en momentos elegidos al azar, pero no por ello menos relevantes. De hecho, hacia el final de la película, la madre del protagonista rememora algunos hechos que han tenido lugar durante esos años, y sin embargo ninguno de ellos aparece reflejado en el metraje, lo que nos lleva a soñar en otra película diferente, pero igual en su esencia. Resulta admirable a su vez la capacidad de Linklater para articular tonos completamente opuestos sin aparente dificultad ofreciendo un resultado completamente armónico. Una conversación entre padre e hijo sobre las dificultades que puede deparar el futuro da paso, sin solución de continuidad, a un agradable baño en el lago lleno de risas y complicidad.

De igual manera que sus aciertos, hay que destacar las tentaciones que el realizador de Texas evita. Linklater nunca intenta construir un relato generacional o encapsular una época concreta para convertir la película en elemento de culto para los miembros de cierta generación. Las referencias culturales están presentes, por supuesto, pero siempre de manera incidental, como un elemento inevitable que forma parte del entorno y sin reclamar un papel protagonista. De forma análoga se afronta el montaje del material filmado, apostando por un tratamiento sencillo que lejos de acentuar los cambios físicos de los protagonistas como elemento de ensamblaje hace de la elipsis su herramienta básica, evitando hacer hincapié en el tiempo transcurrido. De esta manera evoca de manera más acertada el funcionamiento de la memoria al echar la vista atrás hacia los momentos vividos y nos regala algunos de los instantes más bellos de la película.

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En un momento de la película, Mason recibe de manos de su padre (interpretado por Ethan Hawke) un mixtape que ha bautizado como el Black Album de los Beatles, dónde recoge algunas de las canciones compuestas por sus integrantes tras la disolución del grupo. Mason padre lo describe apasionadamente como una cuidada selección de canciones que quizá de manera aislada no tengan gran valor, pero que en su consecución adquieren un significado diferente, reconstruyendo una década perdida. Quizás sea ésta la mejor definición de lo que supone Boyhood, consiguiendo que su estructura extraiga nuevos significados de instantes aparentemente irrelevantes, y añadiendo una nueva dimensión al cine de Richard Linklater.

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Del Cine+Food al LPAFilm Festival

Durante la primera semana de Septiembre tiene lugar en Las Palmas de Gran Canaria la 5ª edición del Cine+Food, una oferta anteriormente manejada por el ayuntamiento de la ciudad pero que este año la organización recae sobre el Cabildo de la isla, y que ya empieza a ser una vieja conocida entre los habitantes de la ciudad. La esencia sigue siendo la misma: ofrecer cine al aire libre y puestos de comida internacional como oferta cultural alternativa. La programación se mueve en términos muy similares a los de ediciones anteriores: éxitos comerciales recientes y cine infantil, ingredientes infalibles para asegurar una gran asistencia de público. Este año además incluye una sección dedicada a las series de TV, para seguir esa corriente de público que lleva por bandera la premisa de que ‘las series son el nuevo cine’, cuya veracidad prefiero no discutir. Por último, la organización anuncia con gran algarabía la presencia de dos preestrenos dentro de la programación, lo cual sería una fantástica noticia (teniendo en cuenta la escasez de este tipo de eventos en nuestra ciudad) de no ser por la cuestionable calidad de ambas películas: Hércules y Sharknado 2.

El segundo caso es especialmente sangrante, pues se trata de la secuela de Sharknado, una película salida del canal SyFy americano, especializado en producciones baratas que prestan poca o ninguna atención a la calidad final del producto. Su premisa ya lo dice todo: un grupo de tiburones queda atrapado dentro de un tornado, sembrando el terror a su paso por la ciudad. La primera fue todo un fenómeno en la red, y la segunda posee el dudoso honor de ser la película que generó mayor cantidad de tweets durante su emisión, pocos de los cuales serían para alabar su calidad.

Una vez puestos en antecedentes espero que entiendan la sorpresa que sentí al saber que la presentación del susodicho film corrió a cargo de cierto individuo de la prensa local, refiriéndose a la película como una ‘apuesta personal’ para la programación del evento. Lo curioso es que dicho individuo es el autor de un texto en el que carga contra la organización del Festival internacional de cine de Las Palmas (ahora rebautizado como LPAFilm Festival) en el que pone en duda su gestión económica, la selección de títulos o la asistencia de público al mismo. Recordemos que el LPAFilm Festival es un festival de cine de prestigio a nivel nacional que siempre ha apostado por un cine de vanguardia, diferente y que tiene una difícil salida comercial. Un festival que año tras año ha traído títulos que cosechan un gran éxito de crítica a su paso por otros festivales y que de otra manera nunca llegarían a nuestras pantallas. Es por tanto un festival con unas pautas muy claras y cuya apuesta nunca ha pretendido caer en gracia al gran público. ¿Qué sentido tiene entonces tildarlo de fracaso en comparación con el NocturnaFest, un festival de cine fantástico que se proyecta en pleno centro de Madrid? Esa es la curiosa tesis que sostiene el señor Javier Suárez, cuyo blog invito a que visiten si quieren tener una visión más clara del tipo de perfil al que nos enfrentamos, muy cercano a lo discutido por aquí en la sección Internet y la crítica de cine.

Quizás ahora el otro sector de espectadores (entre los que me incluyo) podrían cargar de igual manera contra la organización del Cine+Food por apostar por un cine únicamente de carácter comercial y no dejar lugar a la innovación audiovisual. Por supuesto eso sería una estupidez pues esa nunca ha sido la vocación de ese evento y nadie pretende que lo sea. Lo lógico es que ambas propuestas convivan, al igual que intentan convivir ambos tipos de cine en las pantallas de todo el mundo, aunque el dominio de lo comercial sea inevitable. Es imposible pretender que toda la oferta se pliegue a nuestro gusto y visión personal, pues estaríamos traicionando la esencia misma del cine, un arte que algunos se empeñan en domesticar en nombre del amor que sienten hacia él.

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