El desierto rojo

¿Qué debería hacer con mis ojos?

¿Qué debo mirar?

El desierto rojo

El desierto rojo (1964) es la primera película que Michelangelo Antonioni rodó en color, y quiso hacer de éste elemento un protagonista más de la historia, intentando abarcar toda su capacidad expresiva, como si de otra dimensión nueva se tratara. En palabras del propio director “Mi intención es pintar la película como quien pinta un lienzo; quiero inventar las relaciones entre colores y no limitarme a fotografiar los colores de la naturaleza”. De esta manera Antonioni juega a sugerir el estado anímico de los personajes mediante los colores que los rodean en combinación con las estructuras que ocupan el plano, e incluso es capaz de cambiar el color de una habitación de una escena a otra para éste propósito.

La película narra la historia de Giuliana, interpretada por la imprescindible Monica Vitti, una mujer que no está satisfecha con su vida y vive en un continuo estado de terror ante todo lo que le rodea, después de haber sido internada en un centro psiquiátrico tras haber sufrido un accidente. Giuliana intenta recuperar la ilusión sacando adelante un negocio, para lo que contará con la ayuda de un compañero de su marido. Antonioni por supuesto no olvida su personal estilo, ese que perfeccionó en sus tres anteriores filmes, utilizando una narración parca en palabras, dónde todo sucede en el interior de los personajes y se revela mediante pequeños gestos, a través del montaje o incluso mediante la relación con el espacio arquitectónico, añadiendo en esta ocasión una nueva capa gracias al color.

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Durante el paseo Giuliana y Corrado acaban llegando a un bloque de edificios con un pequeño jardín en el interior. Los colores pálidos contrastan con el verde de la hierba, que parece estar arrinconada por los edificios. Un último reducto de naturaleza en el centro del imparable desarrollo industrial. Cuando ambos entran en el parque, rápidamente una presencia se hace especialmente patente: una flor de color rosa en mitad del césped.

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El llamativo color rosa, prácticamente ausente en el resto del metraje, así como la composición de los planos hacen prácticamente imposible ignorar su presencia. La flor que reclama de manera silente la atención del espectador aún cuando queda fuera del enfoque parece representar esa naturaleza ausente en la filmografía de Antonioni, la belleza que Giuliana es incapaz de ver en la vida, y a la vez sirve como símbolo de la pasión que empieza a surgir tímidamente entre ambos personajes. Un sencillo ejemplo de la maestría del director italiano en el manejo del lenguaje cinematográfico.

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