La vida de Adèle

Durante los primeros compases de la última ganadora de la Palma de oro, su protagonista, interpretada por una joven Adèle Exarchopoulos, dice odiar las lecturas en clase en las que el profesor les va dando las claves de lo que están leyendo. No soporta que le expliquen lo que debe ver, las dobles lecturas de cada frase o los antecedentes del autor pues dice que eso le bloquea la imaginación. Esta idea parece ser tomada como dogma por el director del film, Abdellatif Kechiche, a juzgar por la forma de abordar esta historia iniciática al amor. Esto no quiere decir que se opte por una narración plana o sencilla en exceso, pero si que se busca conseguir un mensaje directo, que llegue al espectador sin dificultad. Para ello el director aboga por apuntar hacia el terreno más universal y visceral posible: los sentimientos.

Para conseguir este objetivo, lejos de hacer uso de la cada vez más habitual manipulación del espectador mediante el uso de la banda sonora o del montaje para provocar ciertas emociones, Kechiche apuesta por un enfoque realista. La sensación de naturalidad se filtra por todos los aspectos de la película: los diálogos, miradas y sonrisas, la forma de rodar las comidas, el aspecto de los personajes, prácticamente ausentes de maquillaje y con peinados casi desinteresados, la belleza natural de la protagonista. Incluso la presencia de los niños en pantalla, al contrario de lo que es habitual, transmite una sensación de autenticidad en sus interacciones, las miradas cómplices entre ellos o de asombro ante las enseñanzas de la profesora. Sus sonrisas parecen tan sinceras que nos es inevitable sonreír con ellos.

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Es en esta propuesta donde encaja el aspecto más polémico de la película: las escenas de sexo. Muchas voces se han alzado para criticar estas escenas como excesivamente largas y explícitas. Sin embargo su duración está justificada al estar poniéndose en escena el despertar sexual del personaje, el descubrimiento de un campo que hasta el momento le era desconocido, y de esta manera la pasión y fuerza de un momento de tal importancia consigue atravesar la pantalla. Podría decirse que el sexo se muestra de manera explícita, en cuanto a que hasta ahora pocas películas lo han mostrado de forma tan realista y sin recato, sin embargo la forma de rodar y montar estas escenas es de una elegancia ejemplar, lejos de la pornografía que algunos parecen empeñados en ver en la película. En el fondo la planificación de las escenas de sexo no dista mucho de la forma en la que Kechiche rueda las cenas y almuerzos, donde los personajes se manchan las comisuras o lamen los cuchillos si es necesario, todas esas cosas que nosotros hacemos en la intimidad. Si esto nos incomoda es simplemente por no estar acostumbrados a verlo plasmado en pantalla.

Este enfoque realista no está reñido con las ambiciones artísticas y por tanto la película no deja de lado la estilización de la imagen y la puesta en escena. Sirvan como ejemplo la creciente presencia del color azul en cada plano a medida que crece la obsesión de Adèle con Emma o la magnífica escena de la fiesta en casa de Emma, en que una proyección al fondo del plano refuerza la narración de los sentimientos que está experimentando Adèle en esos momentos. La conjunción entre naturalidad y estilización hacen de esta una de las películas más importantes del año. Todo contribuye a que nos sintamos partícipes de la vida de Adèle, y que nos involucremos en sus vivencias, hasta el punto de sentir inquietud y felicidad en los primeros coqueteos, que nos veamos agredidos por las palabras de sus compañeros de clase o lleguemos a sufrir con sus desengaños amorosos. Y así, al llegar el plano final y ver marchar a Adèle sentimos el mismo vacío en el corazón que sintió ella al cruzarse con Emma por primera vez, pero no por no haber tenido ocasión de conocerla, sino porque hemos compartido un buen tramo de su vida y no sabemos si la volveremos a ver alguna vez.

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Un pensamiento en “La vida de Adèle

  1. visitante dice:

    La vi anteayer y me dejó sensaciones encontradas: no diría que prima la naturalidad; creo que es muy muy calculada, y buscada. Me pareció “muy francesa” en el sentido de naturalidad rebuscada, salpicada con escenas de toque dramático algo excesivo (la bronca final entre las protagonistas y el intento de reencuentro en la cafetería) me parecieron casi irreales incluso (el toque dramático francés), y contradictorios con esa pretendida naturalidad. Las escenas de sexo (por cierto no hay una escena de diez minutos, tal y como se viene vendiendo repetidamente) me gustaron. Y bueno , me gustó pero no diría que es ninguna maravilla: Sí que es novedosa por el tema y el tratamiento tan explícito (y jovial)

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