De Amor a El séptimo continente

Es curioso revisitar la filmografía de Michael Haneke y encontrar un gesto que sirve como nexo entre su primer trabajo para el cine y su última película hasta la fecha: El séptimo continente y Amor. Un gesto que salva un espacio de 23 años entre ambas películas y muestra algunas constantes de la obra de este autor a la vez que pone en evidencia su evolución: mientras que la primera es una película compuesta de acciones mecánicas, su último trabajo explora las consecuencias de la vida misma, y no teme mostrarlas en pantalla.

El séptimo continente

En El séptimo continente una mujer interroga a su hija sobre un incidente sucedido en la escuela. La niña responde con gestos vagos y se niega a contestar de forma clara a pesar de la insistencia de su madre, así que la mira fijamente a los ojos y le pide que le diga la verdad, que no le pasará nada. Finalmente la niña admite el hecho que de forma esquiva ha estado negando. La madre la mira en un primer momento con una mezcla de incredulidad y decepción, para acto seguido darle un bofetón inesperado a su hija. El plano se corta con el golpe, dejándonos sin saber la reacción de ambas, cual de las dos ha resultado más dolida por la respuesta impotente de un adulto a una conducta infantil. 

Amour

En Amor encontramos un eco de esta escena en el tramo final de la película. Un hombre intenta hacer que su esposa, cada vez más enferma, beba algo de agua. Él responde inicialmente con ternura a sus negativas y consigue que trague algunos sorbos, pero va perdiendo la paciencia, hasta que llega el momento en que ella escupe el agua que tenía en la boca. Él responde dándole una bofetada casi automática, instintiva. Una vez más un gesto de impotencia frente a una actitud infantil, en este caso causada por la degeneración de la vejez. En esta ocasión si somos testigos de la reacción de ambos, del dolor que se esconde en unos ojos que se esquivan, lo cual resulta incluso más doloroso que el propio golpe. Los mismos ojos que se dirigían las más tiernas miradas, separados por el dolor y la impotencia ante una situación que no pueden manejar.

Amour 2

Tratándose de Haneke de quien hablamos no debería sorprendernos de que el gesto en cuestión sea una bofetada. Un golpe seco e inesperado que suele dejar en quien lo recibe una sensación de frío, un dolor interno que poco tiene que ver con lo físico y que tarda en desaparecer. Una sensación muy similar a la que dejan las películas de este director en el espectador.

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